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Todo por ti; todo por mí

Una mañana me levanté con la piel ardiendo. Unas pocas semanas antes estaba asustada, quizás, algunos meses o años; no sé cuando y ahora no importa nada más que el día en el que vivo, el momento en el que estoy escribiendo esto y, por supuesto, el despertar de mi consciencia.

Ella es la que me ha llevado a sacar el miedo escondido tanto tiempo atrás.

En la vida me han ocurrido muchas cosas -no sé si menos o más que a ti-. El problema viene cuando he estado realmente mal sabiendo que me estaba haciendo daño, permitiendo que alguien me lo hiciera. He llegado a ahogarme. Tengo secuelas y siento que ya se quedan para siempre.

Me enseñaron de pequeña a ser VALIENTE, a no tener MIEDO, a esconder las LÁGRIMAS, y no tenía derecho a LLORAR. Tan cierto como se lo hacían a los niños, a mí también.

Hoy no culpo a nadie pero sí siento la necesidad de ayudar a otras personas y niñas. Evidentemente niños también (te darás cuenta que hablo en mis escritos «modo feminista»), pues últimamente considero estereotipados encasillarnos en tú eres tal, y tú tal..

En estos treinta y tantos años he intentado respirar. He apretado los dientes tan fuerte que los labios y las encías me ha sangrado. He acumulado RABIA y mucho SUFRIMIENTO.

Los estereotipos han dañado mi ser y me he quedado sumergida en la vulnerabilidad de una niña.

Ha sido duro -y es- seguir en un estado normal. ¡Evidentemente nada es normal! Todo es neutro ¿a quién se le ocurrió la maravillosa idea de que los sentimientos se tienen que encasillar?

Pase lo que pase tienes que seguir adelante -me decía mi madre cuando era pequeña mientras veía como el maltrato que me tragaba se apoderaba de mi corazón-.

En mi caso, me escondía por las noches para que no me viesen llorar y cuando la IRA se apoderaba de mí, empezaba a dolerme la barriga. Entre los síntomas: fiebre, infecciones de orina eternas, espamos estomacales, gases y cólicos sin sentido o gastrointeritis que, para una niña de siete años, era insoportable e incomprendible.

Después, la TRISTEZA se apoderaba de mí, me llevaban al médico y me daban pastillas. Del mismo modo, vomitaba para sentirme mejor y me quedé muy delgada por allá entre los 11 a 13 años de edad. Nunca supe qué hacer y confiaba en mis padres […] Continuará…

Hasta hoy.

Queridas madres y padres: cuidado con los estereotipos.

Sed felices: Patricia Castillo

@poetisaenredada

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